estaba preparando chilaquiles.
—Buenos días, vecina —saludó—. Vengo a presentar una queja.
—¿Ahora qué hice?
—Llevas tres días prometiéndome café de olla y todavía no cumples.
Dejé la cuchara sobre la mesa.
—¿Vienes hasta aquí solamente para reclamarme café?
—También quería ver si podías alcanzarme las tazas de arriba. Las demás cosas puedo prepararlas yo.
Lo observé mientras acomodaba su silla frente a la mesa.
Por primera vez desde que lo conocía, había llegado a la cocina sin necesitar que yo lo llevara.
No dije nada.
Pero tuve que darme