vuelta para que no me viera llorar.
Cuando cumplimos seis meses viviendo juntos, nuestra casa ya no se parecía a aquella que encontré el primer día.
El refrigerador estaba lleno. Había plantas en las ventanas y una mesa en el jardín.
Víctor pasaba varias horas fuera de su habitación.
Algunas tardes nos sentábamos bajo el limonero.
Hablábamos de nuestras infancias, de nuestros trabajos y de los sueños que habíamos abandonado.
Una noche le confesé algo que nunca había contado en voz alta.
—Arturo decía que yo no servía para ser