vender mi mitad, podría negociar con Víctor la compra del resto.
—Te doy lo mismo que pagué. Así no pierdes nada.
Solté una risa incrédula.
—¿Después de todas las mejoras que hemos hecho?
—No seas ambiciosa. Esa casa no vale tanto mientras esté viviendo ahí un hombre que no puede moverse.
Sentí cómo me ardía la cara.
—Escúchame bien, Arturo. Víctor es dueño de esta casa tanto como yo. No es un problema que tengas que quitar de en medio para hacer negocio. Y mi parte no está en venta.