“¿Tan poco te importé que ni para comprar una casa entera en un lugar perdido te alcanzó?”, le pregunté a mi esposo cuando me entregó los documentos de media propiedad tras 12 años juntos. Él sonrió y dijo: “Ya verás lo que te espera”. Guardé las llaves y me fui. Al abrir aquella puerta, entendí por qué había insistido tanto en regalarme esa mitad… Advertisements

vender mi mitad, podría negociar con Víctor la compra del resto.

—Te doy lo mismo que pagué. Así no pierdes nada.

Solté una risa incrédula.

—¿Después de todas las mejoras que hemos hecho?

—No seas ambiciosa. Esa casa no vale tanto mientras esté viviendo ahí un hombre que no puede moverse.

Sentí cómo me ardía la cara.

—Escúchame bien, Arturo. Víctor es dueño de esta casa tanto como yo. No es un problema que tengas que quitar de en medio para hacer negocio. Y mi parte no está en venta.