—Estás desperdiciando tu vida cuidándolo.
—No lo cuido para que me quiera ni para que me mantenga. Vivimos juntos porque nos respetamos. Algo que tú nunca aprendiste.
Arturo se quedó sin palabras.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Nunca pensé que terminarías prefiriendo a un hombre en silla de ruedas.
Respondí sin vacilar:
—Y yo nunca pensé que tardaría doce años en entender que tener dos piernas sanas no sirve de nada cuando alguien tiene el corazón tan pequeño.
Cerré la puerta.
Esta vez no temblé.
Aquella noche Víctor