Yo también.
—Lo hice —susurró.
—Sí, amor. Lo hiciste.
Se quedó de pie unos instantes más, sostenido por el equipo y por los brazos de la terapeuta.
Luego pidió regresar a su silla para descansar.
Cuando me acerqué, tomó mi mano y la apoyó sobre su mejilla.
—¿Sabes qué es lo más increíble de todo esto, Mariana?
Negué con la cabeza.
—Que hace dos años estaba acostado en una cama, esperando que terminara mi vida. Y ahora tengo una mujer a la que amo, una hija o un hijo en