madre lloraba en silencio.
—Usted no sabe cuántas noches pasé preguntándome qué había hecho para merecer tanto desprecio.
—Lo sé, Elena.
—No, no lo sabe. Pero agradezco que finalmente haya dicho la verdad.
Mi abuela extendió una mano.
—¿Podrás perdonarme algún día?
Mamá tardó mucho en contestar.
—No lo sé. Todavía me duele. Pero podemos empezar por dejar de mentir.
Entonces mi abuela hizo otro anuncio.
—También quiero hablar de mi departamento.
La atención de todos cambió inmediatamente.
Leticia se inclinó hacia adelante.
—¿Qué decidiste, mamá?
—Voy a venderlo.
Mi