sabe decir que no.
Mi abuela conocía bien a nuestra familia. Quería a sus dos nietas, desde luego, pero había visto demasiadas veces cómo Blanca conseguía lo que pedía llorando, gritando o amenazando con marcharse. A mí, en cambio, me bastaba una mirada de desaprobación para sentirme culpable durante una semana.
—Este dinero es para que puedas elegir tu camino —me dijo poco antes de morir—. No para que los demás te elijan la vida.
No era una fortuna de película. Eran los ahorros de décadas, la venta de un