pequeño terreno y unas inversiones prudentes. Para nosotros significaba muchísimo. El fideicomiso tenía reglas claras y una institución encargada de custodiarlo. Mis padres no eran beneficiarios, y Blanca tampoco podía disponer de él.
La muerte de Esteban había sido repentina. Yo viajé al entierro y vi a mi padre abrazar a su viuda. Recordaba incluso el paraguas rojo que alguien dejó olvidado en la capilla. De modo que aquella firma en un documento fechado ocho meses después no era una simple anomalía: alguien había utilizado el nombre de un muerto