Durante años, mis padres me dieron por muerta para quedarse con la herencia de mis abuelos. En el juzgado oí a mi madre declarar: “Ya no tenemos esperanza de encontrarla”. Entré sin decir una palabra y entregué mi identificación. Todos se quedaron helados, pero el juez aún no había visto la firma imposible que aparecía en el expediente.

papel durante un rato y pensé que había ganado algo mucho más difícil de valorar que el dinero: nadie podría volver a decidir por mí si tenía derecho a estar en este mundo.

PARTE IX. Lo que hice con la herencia de mis abuelos
Durante un tiempo no quise tocar el dinero. Cada vez que Inés mencionaba el fideicomiso, imaginaba a mi madre llorando en el juzgado y a Blanca calculando cuánto podría sacar de él. Me parecía que hasta las cifras estaban manchadas por lo ocurrido.

Un sábado fui