al cementerio a visitar a mis abuelos. No llevaba flores. Compré unas en el puesto de la entrada porque recordé que a mi abuela le molestaba la gente que llegaba a una visita importante con las manos vacías. Era una de sus contradicciones: podía pasarse la vida ayudando sin pedir nada, pero no toleraba los malos modales.
Me senté junto a su lápida y le conté todo en voz baja. Le hablé del juicio, del miedo que sentí al entrar en la sala y de aquella frase que ella me