había repetido tantas veces: «El dinero no debe decidir quién eres». A mi alrededor se escuchaban pájaros y pasos sobre la grava. Nadie respondió, claro, pero salí de allí con una idea que llevaba meses rondándome.
Quería que aquel legado sirviera para que otras personas pudieran elegir su camino sin pedir permiso a una familia que no las entendía.
Lo hablé con Inés y con especialistas en administración de fondos. No podía simplemente repartir cheques y confiar en que todo saliera bien. Había obligaciones, reglas del fideicomiso y decisiones que