debían documentarse. Establecimos un programa de becas, con supervisión independiente, destinado a jóvenes que quisieran estudiar tecnología y aplicarla a proyectos útiles para la sociedad.
Lo llamé Beca Pérez de Tecnología Ética.
No elegí el apellido para presumir ni para vengarme. Era el de mis abuelos y también el mío. No iba a permitir que el comportamiento de tres personas borrara todo lo bueno que otros Pérez habían hecho antes que ellos.
El primer año llegaron solicitudes de estudiantes de pueblos pequeños, de barrios donde comprar un ordenador suponía meses