nosotros —dijo.
No contesté.
Porque era verdad.
Y porque, gracias a él, eso ya no era tan cierto.
Paco fue mejorando poco a poco.
No de golpe.
No como en las películas.
Primero levantó la cabeza.
Luego volvió a comer tres bocados.
Después cinco.
Una mañana se bajó del sillón, caminó hasta mi puerta y se sentó mirando el pomo.
—No —le dije—. Tú no sales todavía.
Me miró con una decepción tan profunda que casi le pedí perdón.
—No pongas esa cara. Lo dijo el veterinario.
Paco parpadeó.
Le