dio igual el veterinario.
Le dio igual mi autoridad.
Le dio igual todo.
Pero se quedó dentro.
Eso, en el idioma de Paco, era cariño.
Pasaron dos semanas.
El edificio había cambiado tanto que, si mi yo de antes lo hubiera visto, habría pensado que se había equivocado de portal.
En la entrada había una pequeña mesa que nadie sabía de quién era.
Encima, la gente dejaba cosas.
Naranjas de más.
Un libro ya leído.
Un paquete de galletas.
Una nota que decía: “Me sobra caldo, tercer piso.”
Otra que