El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

decía: “Mañana bajo al mercado, por si alguien necesita algo.”

Nada obligatorio.

Nada formal.

Solo vecinos comportándose como vecinos.

La señora Beltrán empezó a subir a mi casa los jueves para cenar sopa.

Yo bajaba los domingos a arreglarle pequeñas cosas que ella decía que no importaban.

A veces no arreglaba nada.

Solo me sentaba en su cocina mientras ella me contaba historias de su marido.

Se llamaba Antonio.

Tenía una risa fuerte.

Le gustaban los geranios.

Nunca aprendió a hacer arroz sin pasarse.

A ella le brillaban los ojos