El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

cuando hablaba de él.

A mí me dolía un poco escucharla.

Pero era un dolor limpio.

De esos que no destruyen.

De esos que recuerdan que uno ha querido.

Un día le hablé de mi mujer.

Se llamaba Carmen.

Siempre llegaba tarde.

Cantaba mientras doblaba la ropa.

Le ponía nombre a todas las plantas, aunque luego se le murieran la mitad.

La señora Beltrán me escuchó sin interrumpir.

Paco dormía bajo la mesa, con una pata encima de mi zapato.

Cuando terminé, ella dijo:

—Qué suerte tuvimos, ¿verdad?

Me quedé