mirando la taza.
—Sí.
No dijimos nada más.
No hacía falta.
Esa noche, al subir, me di cuenta de que no había contado esa historia en años.
No porque no quisiera.
Sino porque no había nadie sentado al otro lado de la mesa.
Paco volvió al rellano a finales de noviembre.
No como antes.
Más lento.
Más pesado.
Con menos orgullo físico, pero con la misma autoridad moral.
El primer día que se tumbó otra vez entre mi puerta y las escaleras, una vecina aplaudió.
Don Ernesto dijo:
—Hombre, ya