El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

la entrada.

Caminó despacio.

Olió una esquina.

Se sentó frente al dibujo de su corona.

Y maulló.

—Aprobado —dijo Don Ernesto.

Todos aplaudimos como idiotas.

Pero a veces ser idiota con otras personas es una forma muy bonita de estar vivo.

Con el tiempo, el edificio dejó de ser solo un sitio donde dormir.

Fue cumpleaños.

Fue llaves de repuesto.

Fue “te subo la compra”.

Fue “¿has comido?”.

Fue “no abras, que ya bajo yo”.

Fue una silla en el rellano durante las tardes largas.

Fue la señora Beltrán enseñando