El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

a mi nieta a hacer croquetas.

Fue Don Ernesto fingiendo que no quería cariño y dejando que Paco se sentara sobre sus pies.

Fue mi hija llamando y preguntando:

—¿Cómo está el presidente?

Y yo contestando:

—Mandando, como siempre.

Una noche de verano, me desperté porque Paco no estaba en el sillón.

Lo encontré en el rellano.

Sentado frente a la puerta de la señora Beltrán.

No arañaba.

No maullaba.

Solo esperaba.

Bajé y llamé suave.

Ella tardó en abrir.

Cuando lo hizo, estaba pálida y apoyada en el marco.