El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

—No me encontraba bien —susurró.

No fue nada grave, gracias a Dios.

Un mareo.

Un susto.

Pero el médico dijo que había sido bueno no esperar.

Yo no quise pensar demasiado en lo que habría pasado si Paco no hubiera insistido en estar donde tenía que estar.

La señora Beltrán, en cambio, sí lo pensó.

Cuando volvió a casa, le puso delante una loncha de jamón cocido y dijo:

—Gracias, don Pelayo.

Paco la olió.

Comió la mitad.

Y dejó la otra mitad.

Eso nos preocupó hasta que se la