El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

llevó cinco minutos después.

Solo estaba administrando el drama.

A partir de aquel día dejamos una llave de la señora Beltrán en mi casa y una mía en la suya.

No por miedo.

Por tranquilidad.

Por vecindad.

Por esa clase de cariño que no necesita grandes discursos.

Un año después de que Paco apareciera sobre mi felpudo, hicimos otra merienda en el portal.

Esta vez nadie tuvo que proponerla.

Simplemente ocurrió.

Cada uno bajó algo.

Los niños trajeron otro dibujo.

Esta vez Paco salía sentado sobre un edificio entero.

Debajo