noche —respondió él—. Déjeme verlo.
Subió veinte minutos después con cara seria.
—Ya está.
La señora Beltrán le quiso dar dinero.
Él levantó la mano.
—Ni hablar. Me ha pagado el gato.
Paco abrió un ojo, como si confirmara la operación.
Aquel día entendí que algo estaba cambiando de verdad.
No era solo que habláramos más.
Era que empezábamos a estar pendientes unos de otros.
Antes, si alguien no bajaba la basura, pensábamos que estaría ocupado.
Ahora alguien tocaba al timbre.
Antes, si una persiana seguía bajada todo el día,