la entrada con el sombrero entre las manos.
«Buenas tardes, señorita Morales. Espero no haberla hecho esperar».
«No, señor Vargas».
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Anillo
Isabel se levantó, alisándose el vestido.
«He pensado en su ofrecimiento».
Diego permaneció en silencio.
«Aceptaré el trabajo. Pero quiero dejar algo muy claro».
Él inclinó ligeramente la cabeza.
«La escucho».
«No quiero caridad. Si voy a su rancho, trabajaré por cada peso que me paguen. No necesito que nadie sienta lástima por mí».
Una sonrisa discreta iluminó el rostro de Diego.
«Entonces nos