lluvia.
De las personas que conversaban alrededor.
Del dolor de mi brazo.
De todo.
—Estaba empezando a pensar que nunca ibas a preguntarlo.
Valeria sonrió.
Se acercó con cuidado para no golpear mi yeso.
Y me besó.
Fue un beso suave.
Un poco torpe.
Lleno de todos esos años que nunca nos habíamos atrevido a nombrar.
Cuando nos separamos, Valeria apoyó la frente contra la mía.
—Doce años —susurró.
—Somos personas muy prudentes.
—Somos unos tontos.
—También.
Volvimos a besarnos.
Afuera seguía lloviendo.
Pero aquella tarde, por primera vez desde