EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

recordé la mañana en que había regresado del hospital.

Yo estaba junto a la puerta, con el brazo enyesado y la mano izquierda aferrada a la perilla.

Valeria había aparecido con una maleta enorme y los ojos enrojecidos.

Había entrado sin saber si le permitiría quedarse.

Y yo, sin saberlo, había estado a punto de dejar entrar mucho más que una amiga preocupada.

Había dejado entrar la posibilidad de una vida diferente.

Una vida donde no tenía que fingir fortaleza todo el tiempo.

Donde pedir ayuda no significaba fracasar.

Donde