Se cruzó de brazos.
—Tía Clara siempre me ayuda.
Hubo un pequeño silencio.
Antes, aquella frase habría atravesado mi pecho.
Aquella mañana solo respondí:
—Entonces puedes llamarla.
Daniel me miró bruscamente.
—No metas a Clara.
—Yo no la metí.
Bebí café.
—Mia lo hizo.
La niña empezó a llorar.
—¡Mamá mala!
Daniel dejó la taza.
—Basta.
No supe si me lo decía a mí o a ella.
Durante unos segundos los tres permanecimos en silencio.
Finalmente, Daniel subió.
Cinco minutos después regresó con el uniforme.
Lo había encontrado en el