ser.
Diego no respondió.
Carmen había pensado que aquellas palabras se habían perdido.
No se habían perdido.
—Me acordé de eso muchas veces —confesó él—.
Especialmente cuando creía que no tenía nivel suficiente.
Carmen tragó saliva.
—¿Por qué no me contaste nada?
Diego sonrió con tristeza.
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De fracasar otra vez delante de todos.
Nadie se movió.
—Durante años todo el mundo esperaba que yo fuera el hermano que daba problemas —continuó—.
El que abandonaba las cosas.
El que llegaba tarde.
El que necesitaba ayuda.
Miró