Mi madre cambió la cerradura de la casa que yo pagaba. Al volver del trabajo, me dejó la cena en el patio: “Tú entras cuando dejes de oler así”. Mi padre me oyó suplicar y tampoco me abrió la puerta.

un taburete del garaje con el sobre entre las manos.

Recordé los turnos cerrando una cafetería, el autobús hasta la facultad y las asignaturas que había dejado para septiembre porque no podía asistir a clase.

Mi abuela había muerto pocos meses después de aquella retirada, antes de que empezara la carrera.

Durante sus últimas semanas, ingresada, todavía me preguntaba si tenía preparado lo necesario para estudiar.

Yo le decía que sí.

Mis padres me habían pedido que no la preocupara con dinero.

—Necesito llevarme estos papeles —le dije a mi