sujetaron lentamente un extremo de la piel de búfalo.
Elias sintió que el silencio se volvía aún más pesado.
Entonces ocurrió algo que le heló la sangre.
Uno tras otro, los guerreros sobre las colinas inclinaron la cabeza.
La mujer comenzó a retirar la piel.
Y Elias comprendió por fin que aquella desconocida a la que había dado agua no era una viajera cualquiera.
Lo que todavía no comprendía era quién era realmente.
Ni qué había debajo de aquella piel.
Pero en pocos segundos descubriría por qué casi trescientos guerreros