El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo.

caldo, frutas, flores. Se sentaban en el sofá y hablaban bajito, como si una palabra mal puesta pudiera romperme. Algunos evitaban contarme cosas buenas, como si la alegría estuviera prohibida en mi casa. Otros hablaban demasiado, llenando todos los silencios.

Casi todos miraban el reloj.

Y cuando se iban, yo veía el alivio en sus ojos.

Fuera los esperaban su vida normal.

Dentro me quedaba yo.

Lo peor no era el dolor físico.

Lo peor era sentirme ya como un recuerdo.

Un fantasma que todavía respiraba.

La gente me miraba