Puso su pie descalzo en mi reposabrazos del avión: la lección que no olvidará

de ocho años, fanática de todo lo que sea rosa: un kit de belleza de Barbie que había comprado en una tienda del aeropuerto. Traía seis esmaltes en distintos tonos de rosa y anillos de plástico con piedras gigantescas, algunas casi del tamaño de una pelota de golf. Pensaba dárselo esa noche, pero tomar prestadas un par de piezas no le haría daño a nadie.

Veinte minutos después, Gustavo ya dormía a pierna suelta, con el pie descalzo a pocos centímetros de mi codo. Lo miré un buen rato. Entonces