Puso su pie descalzo en mi reposabrazos del avión: la lección que no olvidará

se me ocurrió algo.

—¿Podrías taparme la vista si se despierta? —le pregunté a Irene en voz baja.

Le susurré mi plan. Abrió los ojos como platos y se tapó la boca para no reírse.

—¿De verdad vas a hacerlo? Eres mi reina.

Saqué el esmalte más brillante. Con muchísimo cuidado, pinté de rosa fucsia la uña del dedo gordo. Él ni se movió. Seguí con las demás, cada una de un tono distinto, mientras Irene temblaba de risa silenciosa.

—Se te da sorprendentemente bien.

—Ocho años con una hija