cuarenta minutos más tarde, Gustavo se despertó, se estiró, se quitó los auriculares y se levantó rumbo al baño, sin molestarse en ponerse los zapatos. Con cada paso, las piedras de plástico brillaban bajo las luces de la cabina. Un pasajero lo vio y estalló en carcajadas. Alguien más atrás empezó a reírse, y pronto varias filas miraban sus pies. Hasta la azafata tuvo que esforzarse para mantener la compostura.
—¿Qué? —gruñó él.
Nadie contestó. Bajó la mirada, se puso rojo como un tomate y se giró hacia mí.
—¡¿Qué