diablos hiciste?!
—¡Ah, te diste cuenta! Pensé que tus pies querían algo de decoración mientras respiraban.
—¡Me humillaste!
—Te pedí tres veces que quitaras el pie. Te negaste.
Llegó la azafata. Él le enseñó los pies, indignado. Ella los miró con seriedad profesional y le sugirió que se pusiera los zapatos y mantuviera los pies dentro de su espacio. Gustavo se agachó a tirar de los anillos. El morado salió fácil, pero el rosa se resistía. Irene le ofreció una servilleta.
—Toma, a lo mejor te ayuda a agarrarlo mejor.