los días —susurró Jimena—. Guarda la mitad de su comida para tener algo caliente por la tarde.
Me quedé inmóvil.
5 años trabajando lejos.
5 años creyendo que estaba sacrificándome para darle una buena vida.
5 años regañándola por gastar demasiado.
Mientras mi hija convertía pan viejo y agua caliente en su cena.
—¿Sofía falta mucho a clases?
Jimena me miró confundida.
—Tiene uno de los mejores promedios de su generación.
—¿Sale con un muchacho problemático?
—Que yo sepa, no.
—¿Tiene tatuajes?
—No.
Abrí nuevamente mi banca.
Decenas de transferencias.