lo tengo tanto.
Porque sé que algunas despedidas no terminan en silencio.
A veces terminan en una puerta que vuelve a abrirse.
En unas patas grandes entrando despacio.
En un hombre que aprendió a vivir otra vez.
Y en un niño que, incluso desde donde esté, sigue prestando su perro a quien más lo necesita.
No avanzó
Esperó
Javier se agachó junto a él.
“Este es Bruno”, dijo con calma. “No viene a molestar. Solo sabe estar.”
La niña giró los ojos apenas.
Solo un poco
Lo suficiente para verlo.