a venir?
—Sí.
La llamada terminó. Miré la pantalla apagada y me sentí ridícula por haber esperado algo más. Monterrey estaba lejos. Él vivía allí. Era imposible que llegara antes de que mi madre despegara.
Sin embargo, treinta y cinco minutos después, un empleado del aeropuerto se acercó a mí.
—¿Camila Montes?
Asentí, desconfiada.
—El señor Alejandro Montes pidió que la acompañáramos.
Me llevó por un corredor lateral hasta una sala privada. A través de los ventanales vi un avión pequeño, blanco, con una franja oscura en el fuselaje. Acababa