sus revelaciones.
Hubo un silencio amable, distinto al de antes. No cargado de reproches, sino de distancia.
—¿Eres feliz? —preguntó.
Pensé en Blue Ridge.
En las mañanas frías.
En mis manos manchadas de tierra.
En Sofia riendo en mi cocina.
En los mensajes de mujeres desconocidas.
En mi nombre recuperado.
—Sí —dije—. No todos los días. Pero sí de una forma que me pertenece.
Ethan asintió.
—Eso es bueno.
—Lo es.
Nos despedimos sin abrazo.
Sin promesas.
Sin música de fondo.
Esa noche, al volver a casa, encontré el jardín