el desastre: durante una actividad sobre la familia, Mateo había dicho que su papá se llamaba Alejandro Cárdenas. La maestra encontró en su expediente una vieja hoja de inscripción que yo había llenado con prisas meses atrás. En el apartado “padre”, por un absurdo impulso, escribí su nombre completo y el número de la oficina que todavía recordaba de memoria, aunque después taché el teléfono.
La copia digital conservó el dato.
Cuando Mateo empeoró y no lograron localizarme durante quince minutos, llamaron.
La asistente de Alejandro contestó.
Y él estaba