casa y, al regresar a Guadalajara, pediría el divorcio.
A la mañana siguiente llegó Esteban, un agente inmobiliario recomendado por un conocido del pueblo. Revisó el terreno, fotografió la fachada y apenas hizo preguntas.
—Tengo un comprador que podría pagar un millón ochocientos mil pesos —dijo—. Pero quiere cerrar rápido. En cuarenta y ocho horas, si es posible.
La urgencia le pareció extraña, aunque Teresa no le dio demasiada importancia. La propiedad era vieja, pero el terreno había aumentado de valor desde que pavimentaron la carretera.
Cuando Esteban se marchó,