doña Lupita, una vecina de ochenta años que había sido amiga de Elena desde joven, se acercó apoyándose en su bastón.
—Teresita, no firmes nada todavía.
—¿Por qué?
La anciana
miró hacia la calle antes de responder.
—Tu mamá me hizo prometer algo. Si algún día ella faltaba y tú querías vender, debía decirte una sola cosa: antes de entregar esta casa, mira dentro del pozo.
Teresa creyó haber escuchado mal.
El pozo llevaba casi quince años sin utilizarse desde que instalaron agua potable.
—¿Qué hay ahí?
—No lo sé