Eduardo y Diego, revisar la mochila del muchacho y llevarlo a la escuela.
Ese
día apagué el teléfono y abracé a Sofía.
Desperté a las ocho cuarenta.
Minutos después, Eduardo entró a la habitación con la camisa mal abotonada.
—¿Por qué no nos despertaste?
Diego apareció detrás de él.
—¡Voy a llegar tardísimo por tu culpa!
Eduardo miró alrededor.
—¿Tampoco hiciste desayuno?
Seguí peinando a Sofía.
—Mariana, ya estuvo bueno. ¿Todavía estás enojada por lo de anoche?
Sacó el teléfono.
—Mira.
Había vuelto a agregarme al grupo familiar.