Se metió dos dedos en la boca.
—¡Sofía!
Corrí y le sujeté las manos mientras ella lloraba, intentando provocarse el vómito.
—No, mi amor. No tienes que devolver nada. No hiciste nada malo.
Diego soltó una carcajada.
—¿Ves, papá? Está haciendo teatro igual que Mariana.
Esperé que Eduardo reaccionara.
Que viera a su hija de cuatro años temblando.
Que la abrazara.
Que preguntara si estaba bien.
En lugar de
eso dijo:
—Eso pasa porque la consientes demasiado. Ya aprendió a manipularnos.
Sentí que el último hilo que me retenía