humedad ni señales de reparación.
Al fondo del pasillo encontró una puerta cerrada con un cerrojo metálico instalado por fuera.
Entonces escuchó un gemido.
Alguien estaba llorando detrás de aquella puerta.
Ernesto deslizó el cerrojo y entró.
Sobre una cama había una mujer anciana, extremadamente delgada, con las manos temblorosas. Junto a ella encontró medicamentos, un vaso de agua y un pequeño dibujo infantil.
La mujer abrió los ojos.
Lo miró confundida y susurró:
—¿Gregorio? ¿Ya regresaste? Por favor, no permitas que vuelvan a llevarme…
Ernesto reconoció inmediatamente a aquella