recibo.
—Voy a hablar con Tomás.
—Pues no vuelvas llorando cuando te deje.
La frase tocó exactamente mi miedo.
Yo sí había empezado aquel noviazgo engañándolo. Había fingido torpeza, inventado defectos y llegado a su casa llena de prejuicios. Por injusta que hubiera sido Ofelia conmigo, ese papel lo había elegido yo.
Caminé hasta la finca con el estómago apretado. Tomás estaba arreglando una cerca y dejó las pinzas apenas me vio.
—¿Qué pasó?
—Necesito decirte algo antes de que alguien más lo diga por mí.
Nos sentamos junto al