corredor. Le conté todo: que Ofelia me había llevado para casarme con la familia que decía detestar, que yo fui decidida a sabotear el encuentro, que lo del café, los ronquidos y la torpeza habían sido actuación.
Tomás escuchó sin interrumpirme.
—Dime algo —pedí cuando terminé.
Se pasó una mano por la nuca.
—Desde el primer día supe que algo no cuadraba.
—¿Cómo?
—Porque nadie que de verdad sea tan mala para servir café presume de eso con tanto orgullo.
Se me escapó una risa nerviosa.
Luego se puso serio.
—