Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

corredor. Le conté todo: que Ofelia me había llevado para casarme con la familia que decía detestar, que yo fui decidida a sabotear el encuentro, que lo del café, los ronquidos y la torpeza habían sido actuación.

Tomás escuchó sin interrumpirme.

—Dime algo —pedí cuando terminé.

Se pasó una mano por la nuca.

—Desde el primer día supe que algo no cuadraba.

—¿Cómo?

—Porque nadie que de verdad sea tan mala para servir café presume de eso con tanto orgullo.

Se me escapó una risa nerviosa.

Luego se puso serio.

—