Mi hijo me mandó una foto de mis pertenencias en la basura y escribió: “Esa casa ya no es para ti, mamá”. Mi nuera llevaba semanas presionándome para firmar unos documentos, pero ninguno sabía que mi esposo había dejado una carta y un testamento. Mientras pagaba mis compras, le envié a ella un video de 36 segundos. Apenas lo vio, entendió que no solo podía perder la casa que pretendía quedarse…

perdido su empleo, y don Arturo, de 72, que sabía atender clientes mejor que cualquier vendedor.

Poco a poco, aquel local abandonado comenzó a llenarse de vida.

Una noche, Sofía me preguntó:

—Abuelita, ¿por qué el video duraba exactamente treinta y seis segundos?

Sonreí.

—Porque estuve casada treinta y seis años con tu abuelo. Cada segundo representaba un año de nuestra vida juntos.

Sofía me abrazó.

—Entonces ya sé cómo se va a llamar nuestra cafetería.

No quiso decirme el nombre hasta el día de la inauguración.

La víspera, cuando