perdido su empleo, y don Arturo, de 72, que sabía atender clientes mejor que cualquier vendedor.
Poco a poco, aquel local abandonado comenzó a llenarse de vida.
Una noche, Sofía me preguntó:
—Abuelita, ¿por qué el video duraba exactamente treinta y seis segundos?
Sonreí.
—Porque estuve casada treinta y seis años con tu abuelo. Cada segundo representaba un año de nuestra vida juntos.
Sofía me abrazó.
—Entonces ya sé cómo se va a llamar nuestra cafetería.
No quiso decirme el nombre hasta el día de la inauguración.
La víspera, cuando