A los 56 años vi a mi esposo salir de un motel abrazando a mi nuera

odiarlos.

—¿Cómo no?

—Porque no le debes a la traición todos los años anteriores ni todos los minutos felices que viviste creyendo algo.

Pensó.

—¿Tú tienes recuerdos buenos con papá?

Sonreí con tristeza.

—Miles.

—¿Y qué haces con ellos?

—Los dejo donde están.

—¿No duelen?

—Algunos.

—¿Y los otros?

Pensé en Ricardo bailando conmigo en la cocina cuando teníamos veintisiete.

En el nacimiento de Daniel.

En viajes.

Navidades.

El día que enterramos a mi madre y no soltó mi mano.

—Los otros me recuerdan que algo puede haber sido bueno