Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

una etiqueta en el pie.

Esa mujer que Diego señaló, se llamaba Leticia. Leticia Morales, treinta y ocho años, madre soltera, obrera que regresaba de su turno. Leticia tenía una hija de diecinueve años llamada Mariana. Durante nueve días, esa pobre muchacha llamó a cada hospital, a cada delegación, a cada morgue suplicando por información de su madre. Y durante nueve días, las autoridades le dijeron que todas las víctimas ya habían sido identificadas y entregadas a sus familias. Todas. ¿Por qué? Porque mi esposo reconoció a una de ellas