morgue porque, gracias a usted, le negaron la entrega de su madre”.
El silencio fue absoluto. Solo se escuchaba el goteo de la llave de la cocina que Diego llevaba meses prometiendo arreglar.
Paola fue la primera en reaccionar. Se levantó de golpe y encaró a Diego: “¡Me dijiste que habías visto el cadáver! Me dijiste en el estacionamiento: ‘Listo, ya somos libres’. ¡Yo te escuché decir que estábamos libres!”. Todos en la sala escucharon esa frase. El mejor amigo de Diego, que cargó mi ataúd, se tapó la cara